La inteligencia artificial (IA) dejó de ser una especulación filosófica para convertirse en una capacidad real de optimización de múltiples actividades y procesos productivos: análisis financiero, asistencia contable, diagnósticos médicos, diseño gráfico, branding, evaluación legal y servicio al cliente.
Asimismo, tiene el potencial de reemplazar a community managers, editores de video y artistas dedicados a crear contenido musical o audiovisual, así como a especialistas en banners y logos.
También puede ayudarnos a pulir nuestra redacción, resumir documentos, generar presentaciones virtuales, crear historias a partir de ciertos inputs, encontrar información con base en determinados criterios o definir soluciones para la industria.
Lamentablemente, también ha sido usada para la vigilancia y el control de la población y, más cuestionablemente, en asuntos militares, como es el caso de Palantir.
Huelga recordar que la historia demuestra que resulta perjudicial proteger trabajos que no generan rendimiento y, más bien, beneficioso apoyar a los trabajadores provenientes de esos antiguos empleos para que se reinserten en otras áreas del mercado laboral, funcionales para ambos.
Para no quedar rezagados, los peruanos, frente a la velocidad con que avanzan las prestaciones de la IA, necesitamos asumir el desafío con responsabilidad y creatividad, y no con indolencia. Toda transformación tecnológica, desde la revolución agrícola que nos sacó del Paleolítico, genera desigualdad y dificultad excesiva para la movilidad social.
Pero aún hay tiempo para anticipar esta lenta embestida, organizarse, incluir la IA en los planes de enseñanza —secundaria y técnica—, monitorear nuestras ventajas y desventajas comparativas, hacer las correspondientes readaptaciones curriculares y fomentar habilidades como la flexibilidad y la capacidad de aprendizaje continuo.
¿Qué está haciendo el Perú para enfrentar este escenario? Poco o nada. En medio de una campaña electoral con 35 candidatos, casi ninguno planteó en profundidad cómo la IA afectará el trabajo, la educación, la salud, la seguridad, entre muchos otros asuntos, en los próximos años. Seguimos atrapados en el inmediatismo, sin políticas de Estado de largo plazo que trasciendan a los funcionarios de turno.
Las probabilidades de ensanchar las brechas sociales aumentan drásticamente si sus beneficios quedan concentrados en un reducido fragmento de la población, mientras millones de peruanos desconocen hasta su existencia. Sin embargo, incluso así se puede estar peor: ¿qué pasará cuando todas las IA desarrolladas pidan dinero para una suscripción básica? ¿O cuando aumente el costo de dicha suscripción, después de haber sido entrenadas por millones de usuarios?
Lo más peligroso concierne a nuestra soberanía nacional y a la libertad individual. En cuanto a lo primero, ¿qué haremos cuando proliferen las inteligencias artificiales de potencias extranjeras que les permitan anticipar qué van a vender los demás países y con qué valor agregado, qué servicios o productos necesitan desarrollar, o qué armamento precisan comprar?
Respecto de lo segundo, preocupa la venta de IA que crucen cientos o miles de bases de datos, desde videos de vigilancia hasta búsquedas en la web o compras en tiendas, ya que el Estado, o quien las maneje, tendrá un perfil bastante preciso de cada ciudadano digital.
Nada peor que esperar a que el tumor maligno crezca estrepitosamente para reaccionar. En el Perú, la improvisación suele ser la regla y no la excepción: ciudades sin planificación, infraestructura reactiva, informalidad laboral, salud, turismo y Amazonía recordados pocas veces.
Si los agentes del Estado deciden, por una vez, pensar más allá del corto plazo, los peruanos podríamos aprovechar un motor, prestado por la ciencia, para multiplicar nuestra productividad. La inteligencia artificial no espera a los países indecisos. O el Perú se prepara ahora, o llegará tarde a una transformación que ya empezó.
Por Alfonso Miranda















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